El Boliche

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Si usted es argentino, no hay problema. Está todo claro. No hay que dar más explicaciones.

Si no lo es… la cosa cambia porque seguramente la palabra BOLICHE no le diga nada o se le presente como mínimo confuso ¿Qué tiene que ver BOLICHE con un restaurante?

Antes que nada deberíamos ahondar en el diccionario de argentinismos y palabras gauchescas. Porque la realidad dice que la palabra Boliche tiene diferentes acepciones y significados teniendo en cuenta las coordenadas del lugar del planeta en el que se encuentre.

Si al oír la palabra boliche automáticamente le vino la imagen de Pedro Picapiedras subiéndose al Troncomóvil, con una bola de boliche en una bolsa, dirigiéndose al salón de boliche a echar unas partidas y dispuesto a intentar hacer unas chuzas… ¡¡¡mmmmm!!! debo decirle que no se trata de eso.

En el acerbo cultural argentino la palabra boliche hace alusión a casi todo. Bueno, todo, todo no. Boliche se utiliza para identificar a todo establecimiento donde se realice comercio al menudeo. Es muy común decir o escuchar: “voy al boliche del gordo a comprar pan”, por ejemplo. También: “estaba en el boliche de la esquina tomando una cerveza y me encontré con mi amigo Juan” o, tal vez: “mañana vamos a bolichear de lo lindo”, expresando de ante mano y con casi certeza lo bien que lo pasarán en el boliche bailable. Por tanto, podemos admitir que en el glosario de la jerga argentina la palabra boliche se aplica a cualquier establecimiento donde se expendan alimentos o bebidas como así también a una discoteca. Pero, en realidad, la palabra Boliche viene desde más lejos. En la jerga gauchesca, boliche era la pulpería, la cantina, el almacén de ramos generales, despensa, etc, etc…

Dicho esto, y esperando haber arrojado un mínimo de luz a la cuestión de entender el porqué del nombre de este restaurante, me abocaré a contarles mi experiencia en el Boliche de la bonita y siempre acogedora ciudad de Sitges, Barcelona.

Resulta ser que El Boliche nació exactamente el día 3 de diciembre próximo pasado. Ocupa el local que hasta ahora lo hacía el restaurante La Calma de Sitges. Sobre el Paseo de la Ribera, frente al mismísimo mediterráneo y casi a los pies de la iglesia de san Bartolomé y santa Tecla, abre sus puertas a todo aquel que hasta allí se llegue.

Mi visita tuvo lugar el día de la purísima aprovechando el festivo y el maravilloso sol que auguraba un día fantástico.

Sitges nos recibió con un día soleado y cálido que confundía nuestras estructuradas mentes. Es diciembre, tiene que hacer frío. Pero no. Unos afables 19º nos acompañaron durante casi toda nuestra estancia en la ciudad.

Nos fuimos derechito a buscar el Boliche y al llegar nos encontramos con nuestro queridísimo amigo Octavio Vaccaro que, como era temprano aun para el servicio, se estaba tomando un cafecito en su fantástica terraza. En la suya no, en la del restaurante.

Por tanto, y después de los abrazos pertinentes, sonoras palmadas en las espaldas incluidas, nos sentamos también en la terraza a conversar un rato y disfrutar de las vistas de palmeras, playa; y, por qué no, diversa fauna que por delante se pasea. Como quien no quiere la cosa fue pasando el tiempo y nos fuimos enterando de los pormenores de la historia que los llevó a Octavio y a Alejandro Monegal a embarcarse en esta aventura gastronómica nada más y nada menos que en Sitges. Un lugar donde la oferta es mucha y por demás variada.

Algo que tienen claro desde el vamos es su sello de identidad. El Boliche es un restaurante Mediterráneamente Argentino. Difícil lo tienen, pensé yo. O se hace comida mediterránea o típica argentina. Uuuuuyyyy qué equivocado que estaba. Porque es ahí donde entra en juego otro amigo. A los mandos de la cocina se encuentra nada menos que el chef Anibal Bonino, haciendo maravillas con los platos que firma con su nombre como pudimos apreciar inmediatamente.

Mientras charlábamos, se dejaron caer por allí un par de cañitas como para ir poniendo en marcha el sistema sensorial. Allí mismo donde estábamos. No nos quisimos ir de la terraza aunque el interior de El Boliche llama a ser disfrutado por su elegancia y buen gusto. Sin estridencias, tiene un look moderno y sobrio pero, insisto, elegante. No es muy grande y resulta por demás acogedor.

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Al fondo del salón, un detalle que llama la atención. Una inmensa lámpara pende del techo imponiéndose majestuosa y sofisticada.

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Como al pasar Matías, el atento camarero, dejo sobre la mesa una tablita de quesos varios, donde se apreciaban unas virutas de Sardo, triangulitos de Gorgonzola picante de 120 días de curación, Rabióla oro y Montébere impregnando con sus aromas fuertes y ahumados el aire y dejando la impronta mediterránea que Italia nos regala con sus quesos. ¿La parte argentina? Unos choricitos al fino verdeo caramelizado marcaron la huella criolla sobre la mesa.

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Un detalle. El pan se hornea en el momento en la cocina de El Boliche. Un lujo.

Seguíamos charlando ya no tan tranquilos. Comenzaba a venir la gente y Octavio ya no podía entretenerse con nosotros y debía atender al resto de los comensales junto con un muy activo Matías, atento siempre a cuidar los detalles del servicio.

Acto seguido se nos fueron requeridas nuestras apetencias en concepto de bebida. Nos decantamos por sendas copas de vino blanco por un lado y rojo, negro o tinto como quiera usted llamarlo, por el otro.

Cuando en una mesa de dos comensales hay gustos diversos y, además, uno no se cree con capacidad para beberse una botella completa, debe recurrir a las copas, con lo que se está expuesto a recibir, digamos, lo que esté dispuesto como vino de la casa. En mi caso, que soy más de tintos, pude disfrutar de un Acordeón Malbec de la bodega Freixenet Argentina proveniente del valle de Uco. El blanco era un Fray Germán Verdejo del 2015 denominación Rueda, muy afrutado, con un increíble equilibrio de dulzor y acidez. Ambos, magníficos vinos de calidad.

En eso estábamos cuando llego a la mesa un chupito tibio de crema de calabaza al romero, como para ir abriendo el apetito, y éste dejó paso a una cazuela de queso Scamorza fundido con especies que era una delicia. Nótese que hablo en tiempo pasado, no solo por el hecho de que realmente esto ya ocurrió hace unas horas sino también por el hecho de haber dado cuenta de ello casi al instante de llegar a la mesa.

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Un consejo: Siempre que voy a un restaurante nuevo y me preguntan qué deseo comer, utilizo una frase que más bien es solo una palabra: Sorpréndanme. Esto en sí es un reto para la casa porque yo en realidad no ayudo en nada. No doy ni una pista. La gente del restaurante no tiene ni idea de mis preferencias y esto puede resultar embarazoso, lo sé. Y ¡no vean cómo disfruto con esta situación! En realidad, siempre termino optando por alguna sugerencia que me hace el camarero de entre dos o tres opciones. En el caso de El Boliche déjense aconsejar por Octavio. No falla.

Mi señora, que me acompañaba, se decantó por una Milanesa a la Napolitana, que si de aspecto estaba fantástica, dentro de la boca resultaba ser una explosión de sabores y texturas. Lo sé porque me comí una porción de su plato porque, cabe destacar que son grandes y, después de lo que relaté anteriormente, es lógico intuir que ya mucha comida no entra.

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¿Yo? Yo fui honrado con unas costillas de ternera adobada con diversas hierbas en cocción lenta, muy lenta. ¿El resultado? Un trozo de carne que se asemejaba más a mantequilla templada que a carne. Con decir que no se necesitaba cuchillo para cortarlo, se desprendía del hueso simplemente con tocarlo con el tenedor. Una verdadera delicia.

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Para rematar, y aunque yo no fui capaz de ingerir nada más, se nos fue presentada la carta de postres. Cabe destacar que todos ellos son caseros y tienen una pinta de muerte. Recomendación: el tiramisú. Ahí lo dejo.

Amigos míos, si están ávidos de buen trato y mejor experiencia gastronómica no dejen de ir a El Boliche.

La dirección es Paseo de la Ribera 19, Sitges, Barcelona cp 08870.

Mejor si antes se reserva, para ello el teléfono es 938533421

Los horarios son: de 13 a 16 y de 20 a 23 domingo por la noche y todo el lunes cerrado.

De veras tienen que ir.

Aquí los dejo hasta la próxima.

 

Recuerden que ésta es la apreciación personal de lo que he vivido dentro del restaurante y del trato recibido. Se los cuento y lo comparto para que lo disfruten.

La Bona Pinta

Esta será cortita.

A quienes nos gusta la cerveza estamos de parabienes. Desde hace unos años hay una movida importante a nivel de cervezas artesanas o artesanales (no se si hay diferencia). Lo cierto es que se han visto entrar en escena una cantidad importante de cervecerías de diverso índole que hacen culto a tan magnifico brebaje.

Por supuesto ya salieron también a la palestra los típicos sabiondos que, al igual que ocurre con el vino, envuelven el tema de mística parafernalia y verso verborrágico que lo único que denota es incultura cervecera y pedantería innecesaria. Beber cerveza tiene que ser un acto de simpleza. Disfrutar de una buena cerveza, la que sea, la que te guste, solo o en compañía. Lo otro no sirve.

Lo que de verdad sirve es que para nuestro beneplácito, existen diversos santuarios urbanos donde desarrollar culto a la birra. Y de la buena.

Lo concreto es que acerté a pasar por  La Bona Pinta, en la calle Diputació haciendo chaflán con Serdenya. Un sitio muy particular donde se ve ya desde fuera una linda cantidad de especímenes embotellados en diferentes puntos geográficos, locales e internacionales.

 

Como ya creo haber comentado antes, a mi en particular me gustan las negras. Y suelo encontrarme con que no hay normalmente en los establecimientos corrientes. Así que cuando me topo con un sitio así lo primero que pido es una morocha y de barril.

En La Bona Pinta suelen tener siempre algún barril pinchado dispuesto a soltar su maravilloso contenido.

En este caso la elegida fue una Stout de Mikkeller, una cervecería dinamarquesa con cede en Copenague.

 

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Al degustar la Porter Stout uno tiene diversas sensaciones. La primera es ver el color tan negro, tan oscura como la noche. Su corona cremosa y densa da la impresión de ser masticable. Al probarla, un golpe de amargor frío pone en alerta al resto de los sentidos.
A medida que el liquido invade la boca comienzan a dispararse un sinnúmero de ideas. Aparecen los sabores que le dan el carácter. Una vainilla, un caramelo pero predominando sobre todo: el café. Con presencia, con estilo. La textura, el color y el sabor de una muy buena Cerveza Artesanal negra. Como Dios manda.

Lo dicho. Si se tiene la oportunidad no dejen de pasarse por la Bona Pinta. Un centro de culto a la cerveza artesanal. Un santuario donde poder probar, probar y probar. El único método para conocer, aprender y encontrar el gusto de cada uno. Digno de ser visitado para adoptarlo como cervecería de cabecera.


Taberna El Donostiarra

Taberna El Donostiarra

Hoy visité la Taberna el Donostiarra en Sitges. Más precisamente en la calle Nou, 14.
Un sitio muy pintoresco donde comer muy buenos y variados pinchos al estilo de Donosti.
Yo soy mas de mesita y mantel pero de vez en cuando también me va esto de barra alta, pinchos, tapas y buena birra.
El lugar es muy simpático, con buena ambientación rústica y muy agradable.


Como es el mediodía y temprano no hay mucha gente aún pero la variedad es muy grande. Veo mas de una treintena de pinchos entre fríos y calientes y aún no han tenido que reponer claro esta porque no ha comenzado el movimiento. Yo mantengo mi tendencia a comer temprano.
Fotos de la playa de la concha y varias txapelas decoran las paredes junto a fotos antiguas de sitges, mapas antiguos y demas elementos acordes con el lugar.

A parte de los pinchos tienen una carta no muy extensa pero si típica española en general, todo casero.
Solo una queja, pero no para este sitio en particular sino en general: me cuesta encontrar cerveza negra a no ser que sea una típica cervecería artesanal donde encuentras más de una. Esto es, insisto, por regla general. Es bastante improbable por no decir imposible que encuentres fácil cerveza negra. Una pena porque cuando estas en una cervecería de cervezas artesanas o del mundo, y te fijas en el resto de las mesas ves que por cada dos personas una esta tomando una negra. Según mis cálculos eso es mas o menos el 50%. Lo cual lo hace bastante interesante desde el punto de vista de consumo. O sea: mercado hay.
Pero volviendo a la Taberna el Donostiarra debo decir que me gustó mucho. Los pinchos a 1,50 cosa que me pareció bien sobre todo porque el tamaño del pincho es por demás aceptable, generoso diría yo.

 

 
Así que ya sabéis, si paseáis por Sitges y os apetece una tandita de pinchos, la taberna El Donostiarra esta muy bien. Recomendable.

Hasta la próxima.

El Calafate

Hoy fui a comer a El Calafate. Un restaurante argentino en Barcelona.

El estilo de los restaurantes argentinos en la ciudad de Barcelona es bastante diferente que el de los restaurantes en Argentina (parrillas argentinas). Y El Calafate no es la excepción.

Con una estética moderna y bien cuidada, se recibe de inmediato una invitación a entrar. Es un restaurante argentino y automáticamente se presume que el lugar no nos va a defraudar.

 

No es un lugar grande y por eso mismo me gusto mucho la disposición de las mesas dejando el espacio ideal entre una y otra para no resultar en un hacinamiento. Insisto, el lugar es relativamente pequeño pero no mas que la media de los restaurantes de su estilo. De hecho resulta acogedor e íntimo.

   

Como mi visita tuvo lugar al mediodía y resultaba una comida de trabajo me decante por un menú. Éste es sencillo pero variado. Digamos que para todos los gustos. Resulta muy útil la opción de utilizar suplementos opcionales para convertirlo en  algo mas “premium” aunque el “básico” resulta una buena opción. Está claro que tratándose de un restaurante argentino es casi obligatorio tirar para el lado de las carnes.

Particularmente me decante por una empanadita caprese (muzzarela, tomate y albahaca), combinación que me chifla en todas sus presentaciones. De segundo opte por una entraña al punto, que aquí en España es como casi cruda en el centro. Ya sé que para los argentinos es es como que estuviera viva pero después de un tiempo largo de vivir en España los gustos, usos y costumbres nos van venciendo. Detalle a tener en cuenta si sos argentino y venís a comer carne en España: “al punto” es crudita por dentro. Ni te imagines como es “poco hecha“.  Pero todo es cuestión de gustos. Con  pedirla mas hecha o rosita ya está.

La atención corre por cuenta de dos de sus dueños: Inés y Octavio. Ambos cuentan con una larga experiencia en el  mundillo de los restaurantes argentinos en Barcelona aunque el El Calafate cuente con tres o cuatro años de andadura. Me decían que estaban en constante evolución dado que el mercado sufre cambios de manera vertiginosa y hay que estar agiornándose constantemente. Van  dejando de lado los bonos de descuentos que tanto mal le han hecho al sector de la hostelería y la restauración. Minando la calidad del producto y del servicio ofrecido para poder ganar aunque sea unas monedas. Está claro que el único beneficiado es el cliente que va saltando de descuento en descuento convirtiéndose en el más infiel y ventajista de los clientes. Personalmente aplaudo al restaurante que abandona esta practica de “regalar” su producto y su trabajo para en definitiva no obtener   nada a cambio. Esto sería tema para una entrada aparte pero solo quiero dejar sentada mi postura sobre este tema. Todas y cada una de las páginas de ofertas, bonos y cupones solo han contribuido al desastre en el rubro restaurador. Solo sirven para alimentar a los buscachollos y cargarse a la mitad del sector. Los restaurantes tienen que ser consecuentes con sus precios y su estilo y fidelizar a los clientes con calidad y servicio, nada más. Cada plato tiene un trabajo, un valor y un precio y este no se puede regalar.

Dicho esto, y pido perdón por desviarme del tema que dio origen a este post, sigo contándoles lo que vi en El Calafate.

No soy muy dulcero pero me fue imposible dejar de  ver que había algunos postres con una terrible pinta de caseros, cosa que me fue confirmada de boca de un orgulloso Octavio.

 
Un detalle que se agradece es que la cocina es abierta y se puede ver la parrilla y sus instalaciones. Eso da sensación de transparencia y confianza. No digo que las cocinas que no están a la vista sean dudosas pero si se ve, mejor. No?

 
Pido perdón porque se me olvidó preguntar el nombre del jefe de cocina y no poder nombrarlo pero sepa que cuenta con el mismo honor de cualquier héroe anónimo dado que la carne estaba de muerte. Claro también tendría que felicitar a la vaca pero ya me parece poco serio.

La carta esta plagada de buenos platos donde resaltan los cárnicos de calidad, claro está. Y la variedad de vinos es más que suficiente para poder elegir entre diferentes caldos aunque el predominio del malbec es más que evidente.

Sin ningún lugar a dudas un sitio más que recomendable.

Creo que por la noche debe ganar mucho en ambiente pudiendo ser una muy buena plaza para tener una cena tranquila con algo de romanticismo y calidez.

Y aquí termina esta entrada sobre la visita al restaurante argentino El Calafate en la calle Paris 145 de la ciudad de Barcelona. Si vives aquí ya estas tardando en ir y si vienes de afuera un llamadito para reservar no viene mal.

Los dejo hasta la próxima y no olviden comentar que les parece cada entrada de este blog. Si vas a los mismos sitios comenta así comparamos experiencias.

En la medida de lo posible salgan, tengan vida social, consuman así todos tenemos trabajo y podemos revitalizar esta economía tan deprimida. La pasta en el banco solo le da ganancia al banco y debajo del colchón a nadie. Recuerda que nada hemos traído a este mundo y nada nos llevaremos de él.  A vivir que son dos días .

Carlos Bowen Saiz

Mal educados

¿Cómo se educa a un mal educado?

¿Cómo se hace para que un irrespetuoso respete?

De un tiempo a esta parte vengo observando (soy un gran observador sépanlo) ciertos cambios en la conducta urbana. O mejor dicho del humano urbano. Éstas, lejos de ir a mejor van empeorando.

La falta de respeto y la mala educación están a la orden del día.

Hace no mucho, unos siete u ocho años atrás, era normal que se respeten  normas tan importantes como la de transito por ejemplo. Los peatones en el paso de cebra y los coches en la calzada. Muñequito de semáforo en verde cruzo,  muñequito de semáforo en rojo no cruzo.

Hoy por hoy es como que cada cual va a su bola y poco importa el otro y sus derechos. Como que lo normal es lo que hacen todos y no lo que corresponde. En una ciudad como Barcelona eso se vuelve hasta peligroso.

Pero hay otras situaciones que ponen de manifiesto la mala educación y la falta de respeto de la gente. Una en particular me atañe personalmente o mejor dicho: profesionalmente.

Hay una práctica entre la gente del lugar y foráneos también. En mi carácter de “gestionador” de un establecimiento gastronómico, un restaurante de toda la vida, me toca sufrir esta particular práctica. Los muy mal educados llaman para reservar mesa y luego no se presentan y peor aún, ni siquiera avisan. Esto, en un restaurante de gran capacidad se diluye en el volumen. En el caso de los restaurantes pequeños, tal es nuestro caso, donde la capacidad no supera los 25 cubiertos hace mucho daño.

Parece ser que la gente se dedica a reservar en dos tres lugares para garantizarse diferentes opciones y después decide. Hasta ahí no está muy mal que digamos. Pero si no avisan para cancelar las localizaciones que no usarán están provocando un cierto perjuicio al susodicho restaurante.

Y todo por qué?  Por mal educados.  Porque no me importa lo que le ocurra al otro siempre y cuando no me haga daño a mí. Total yo tengo mi reserva asegurada.

Los grandes, los de estrellitas de la marca de neumáticos, lo solventan cobrando una parte por adelantado. Una especie de paga y señal. Pueden hacerlo total tienen asegurados los servicios de aquí a 6 meses vista. A mí me resulta muy violento cobrar por adelantado. Pero supongo que si tomas una reserva con 6 meses de antelación (lo cual me parece tan violento como lo otro) perdiendo absolutamente la dignidad, te dará igual que te cobren por adelantado.

Digo lo de perder la dignidad porque creo fervientemente en que un establecimiento que presta un servicio tiene que estar  al  servicio del cliente y no al revés.  Yo debo poder elegir el día y la hora en que voy a comer a un restaurante y no al revés. Yo tengo que elegir dónde comer cuando tengo ganas de comer. Que se yo que será de mi vida dentro de seis meses.

Eso los “grandes”,  los de las estrellas o los soles. Pero los demás, los que no salimos en las teles ni en las noticias de las revistas del rubro. Los que dependemos de ocupar cada resquicio de nuestros salones. Los que necesitamos imperiosamente aprovechar al máximo cada centímetro de nuestros restaurantes  no podemos, bajo ningún punto de vista, estar a merced de los mal educados.

 

VINOS

Normalmente recibimos muestras de vinos para probar.

A veces reunimos un grupo de amigos con mas o menos gusto por el vino y decidimos cual nos gusta o cual no. Solo eso.

Sin demasiados conocimientos técnicos ni palabras rebuscadas al definirlos, damos nuestras opiniones en función de nuestros gustos personales.

Claro está que si alguno aporta datos científicos y técnicos a la degustación (nótese que no he dicho cata) bienvenido es. Toda suma de conocimientos a las propias sensaciones enriquecen el juego y despiertan capacidades como la de aprender a diferenciar un caldo de otro, una uva de otra o una región de otra dependiendo de elementos básicos a tener en cuenta.

Ya mas o menos podemos diferenciar si se trata de un vino joven o añejado según el color mas azul o anaranjado.

Sabemos si tiene mas o menos alcohol según vemos el tamaño y la velocidad de la vela al deslizarse por la copa luego del tradicional meneo.

Y así, entre juego y juego vamos dejando de ser mas y mas ignorantes y vamos aprendiendo a saber que nos gusta y que no de un vino.

Otro tema aparte es para que lo usa cada uno.

Alguno lo usara para fanfarronear con sus familiares y amigos poniendo cara de gran conocedor, hundiendo su nariz en la copa delante de todos para luego de una gran inspiración afirmar con grandes movimientos de cabeza al dar su veredicto. Un payaso. Nadie que sepa hace esa pantomima en una reunión familiar.

Otros los utilizaran a la hora de plantarse frente a un tienda especializada y poder elegir el vino que regalará o el que llevará a la próxima cena a la que lo inviten.

Hay quién quizá lo utilice para definir que vino agrega a la carta de vinos de su restaurante.

Yo por lo pronto iré comentando y compartiendo aquí los que vayamos probando.

Quizá sirva para algo.

Nos estamos viendo

Carlos Bowen Saiz.

Bar-Restaurante-Hotel-Supermercado Escudero La Jonquera

Hola buena gente.

Hoy pongo de manifiesto aquello de que no siempre la primera imagen es la que cuenta. En ocasiones, para bien o para mal, resulta una buena opción ahondar un poco más.

Desde que vierto mis opiniones en Tryp Advisor y sobre todo ahora que me encuentro escribiendo en este blog, intento no repetir sitio aunque repita ciudad.

Me encuentro realizando una acción comercial en la provincia de Girona (norte de Catalunya) y visito semanalmente mas o menos los mismos lugares a través de dos rutas bien definidas: una es la línea recta de la autopista AP-7 hasta los confines mismos del país donde  la zona se convierte en catalogabacha y otra que va bordeando la costa brava hasta la mismísima bahía de Roses con mucha presencia francesa también en todos y cada uno de sus rincones.

Como decía antes, de un tiempo a esta parte intento probar diferentes sitios para comer a fin de recabar información para poder escribir en este blog y realizar un muestrario mas o menos variado de los restaurantes de cada ciudad que visito.

En esta oportunidad estaba llegando a La Jonquera y como llegaba en un horario un tanto comprometido opte por ir a lo seguro y volver a un sitio en el que ya había comido. Además no iba solo y no quise jugármela. Error. Siempre me hubiese quedado el recurso de decir que no lo conocía. Pero no. A mi voz de “ven, vamos a comer a un sitio que conozco” nos dirigimos al lugar en cuestión.

Se trata del asador-bar-restaurante-hotel-supermercado Escudero en La Jonquera.

Como dije, ya en otra oportunidad había comido en el sitio el cual describiré escuetamente.

El sitio es grande, muy grande. Calculo que entraran unas 130 o 150 personas sino mas. Es un típico comedor de ruta sin demasiados elementos de lujo (casi ninguno diría yo). Sillas plásticas, mesas forradas con melanina de un color clarito y que a la hora del menú cubren con un individual de papel. Normal. Como muchos. Nótese que mencioné la palabra menú y no comida. Esto es así porque no dan opción de carta aparentemente. No vi que a nadie le ofrecieran carta mientras estuve allí.

Hay tres o cuatro camareros que corren y distribuyen comida, botellas y paneras a diestra y siniestra.

El precio es razonable y los platos son abundantes y variados. En cuatro primeros y cuatro segundos siempre hay dos que a uno le cuadran. Los postres correctos también. Flanes, helados, natillas y cremas catalanas sin olvidarnos de alguna fruta de estación.

Bien. Precio acorde al servicio  que se presta.

Ahora bien.

En esta ocasión la historia es distinta.

Cuando entramos vi que las mesas pequeñas estaban todas ocupadas. Había dos o tres mesas montadas como para 8 o 10 personas.  Siempre hay muchos efectivos de la policía local comiendo allí y no me extraño que estuvieran reservadas.

Al entrar nos cruzamos con uno de los camareros que sin dejar de correr me mira y levanta las cejas como preguntándose o preguntándome a que se debía mi ilustre visita. A lo cual, y alzando mi mano derecha con mis dedos índice y mayor desplegados, respondí:  “seremos dos”.

El camarero, sin dejar de correr, mira hacia un lado y al otro y dice: acompáñeme para adentro (como si estuviésemos afuera) y a la misma velocidad arranca para un extremo del salón donde se abría otro espacio tan grande como el primero pero este ya con mas detalles.

Este sector obviamente era el salón comedor del Hotel que lleva el mismo nombre.

Decorado mas delicadamente, las mesas con mantel de tela y un juego de dos copas para cada comensal. Servilletas de tela. Vamos otra cosa.

Nos dejan dos cartas de platos y dos de vinos.

En la de los platos había un papelito enganchado con un imperdible que ponía: menú.

En él solo había dos primeros y dos segundos.

Los primeros eran una ensalada y mejillones. Y los segundos dos platos de pescado. Vaya opciones. Además el precio distaba mucho del menú del salón de adelante.

Luego de esperar algo mas de 15 minutos donde los camareros pasaban delante, detrás y a los costados de nuestra mesa sin sopesar la loca idea de pararse a preguntarse si queríamos algo o por lo menos, no sé, que hacíamos sentados allí, me levante y me dirigí a la caja a preguntarle a la señora que allí estaba y con el mayor tono irónico que fui capaz de poner, si había que pedir en la barra o se acercaría algún camarero a mi mesa.

Para mi sorpresa, la señora a viva voz… a los gritos vamos, comenzó a llamar a un camarero y cuando hubiese obtenido la atención de este le dice: “a ver, que aquí el señor dice que esta ahí atrás sentado y nadie lo atiende”.

A lo cual el señor camarero contesta, también a viva voz: “es que como acaba de llegar…”  Quince minutos sentados.

Cuando se acerca a la mesa le consulto sobre la opción del menú del salón de adelante a lo cual responde que NO que ese es para el otro salón. Pues vale. No hay problema. Pero lo lógico hubiese sido que el camarero corredor que me “recibió” adelante hubiese advertido de esta particularidad. Pero vale. No importa. No me es desagradable pagar otro precio cuando el servicio es el adecuado.

Uno de los platos que figuraban en la carta era “parrillada de carne”. Así sin más detalles, por lo cual obviamente y para asegurarnos de que era lo que imaginábamos le preguntamos al camarero en que consistía dicho plato. La respuesta fue la siguiente: “un poco de todo”. Vale si entiendo. Una parrillada trae eso: un poco de todo. Pero la pregunta es: ¿un poco de todo  de que?.

Tres veces repitió el caballero la frase “un poco de todo”. Hasta que, quizá presionado por nuestras caras con expresión  interrogante el camarero comenzó a recitar el contenido de la parrillada de carne.

No es que yo sea se mas de letras sino todo lo contrario. Me tiran mas los números. Así que en forma automática fui haciendo un recuento de lo que el mozalbete enumeraba y conté sin temor a equivocarme doce tipos de carne. Digo tipos porque realmente había de todo inclusive cosas que normalmente no conforman una parrillada de carne pero que al no ser vegetales… bueno podemos admitir que son carne. Al preguntarle si era para una o dos personas dijo enérgicamente: nooo es solo para una.

Dos por cuatro ocho dividido seis,  menos el 13% de merma por los huesos y las plumas… mmmm no, no puedo imaginarme los tamaños de las piezas de “carne” para que con tantos diferentes tipos eso sea solo para una persona. No no , no puedo.

Como había dudas se optó por otra cosa y nos olvidamos de la parrillada.

El resto de la comida transcurrió sin sobre saltos. Por lo menos para nosotros. A mesas vecinas le confundieron los platos. Les llevaron cafés a una pareja que aun no había comido sus segundos, en fin.

Yo digo: obviamente el profesional de hostelería es como que ya no existe. Su lugar lo ocupan personas que con mas necesidad de trabajar que oficio se ponen a servir platos con uniforme de camarero. La verdad es que no esta mal. Hay que trabajar de algo, no caben dudas. Pero tampoco hay un encargado ni la figura del metre. Ese tipo con aires de estirado que se planta en el salón adoptando una postura que pareciese que tuviera un palo metido en … la chaqueta y mira para todos lados y da ordenes y manda a todo el mundo no está de más. Aunque sea un camarero más pero con algo mas de pedigree. Que tenga el control. Que no deje que una mesa esté mas de dos minutos sin recibir la mínima atención. Si los camareros tienen mas voluntad que otra cosa, con alguien dirigiendo el salón la cosa cambia.

Pero claro, eso implica costos que hay que asumir. Este establecimiento forma parte de una gran empresa que cubre los mas variados rubros: Tabaco, Supermercados, Hoteles, Licorerías y hasta un Gran Shoping. Obviamente el “señor Escudero” no se pasa por su asador ni mucho menos sabe que pasa allí dentro.

Y como el sitio es un lugar de paso es muy probable que les importe poco la imagen que allí se genere. Total el cliente de hoy ya no volverá mañana.

Conmigo de eso pueden estar seguros.

Hasta la próxima entrada.

Carlos Bowen Saiz

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